La nave de los locos: Javier Ruiz
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Overview
Hace unas semanas aparecía en la prensa la noticia: la revista científica Nature publicaba un artículo sobre el descubrimiento de la obra de arte más antigua de nuestro planeta. En la isla de Muna, Indonesia, el estarcido de una mano en una cueva era datado con
67.800 años de antigüedad.
Han pasado miles de años desde ese instante originario en el que alguien plantó la mano sobre la roca caliza de una cueva y sopló una disolución de pigmentos hasta este otro instante en el que tiene lugar la nueva muestra de Javier Ruiz. Se trata de un segmento entre dos puntos en los que la pintura ha ido evolucionando a través de
nuevos medios y técnicas para seguir materializándose como tal. Porque la pintura es eso: materia afianzada a una superficie a través de la técnica y del espíritu. Tampoco tiene más misterio y, a su vez, tiene todo el misterio del mundo.
Desde esa cueva de Indonesia a esta nave de VETA by Fer Francés en la que se expone la obra reciente de Javier Ruiz la pintura ha pasado de querer explicitar la realidad a querer determinar qué entendemos por realidad, cosa que, hoy en día, inmersos en un conglomerado de imágenes de orígenes tan diversos como confusos, resulta toda una hazaña. Ya superado el reto técnico de representar la realidad por medio de la imagen, ahora se nos presenta el nuevo reto de discernir entre imagen y realidad, o de conciliar una convivencia lo más sana posible entre ambos factores. También en ello participa la obra de Javier Ruiz, que en esta nueva serie nos invita a participar de ese conglomerado de materia, representación y conciencia en el que la realidad se nos hace más precisa y latente a través de su pintura.
A primera instancia no existe mucha diferencia, si pensamos en el tiempo transcurrido y hablando en términos milenarios, entre la acción de ambas formas de pintura: la de la cueva de Indonesia y la de este artista que hoy nos congrega en una nave de Carabanchel. Javier Ruiz es un artista que se sirve de algunos procesos atávicos para generar su pintura. Es singular su manera tratar con la materia prima, pues en otra nave, una nave industrial en La Carolina, provincia de Jaén, los pigmentos entran por kilos y son mezclados con aceite de linaza y otros aglutinantes para generar la sustancia densa y la paleta bien definida que en su obra se fija sobre los lienzos. Rojo cadmio, blanco de plomo, azul ultramar y amarillo cromo que a través de un mezclador acoplado a un taladro van formando el empaste, casi escultórico, tan característico de sus cuadros. Es curioso que un proceso tan artesano, tan cómplice con la propia pintura, tenga lugar en una nave industrial. Solo le faltaría a este artista recolectar y machacar la materia prima de la que salen sus pigmentos para darse la mano de tú a tú con aquel otro gesto inaugural de la historia del arte en la cueva de Muna. Y es aquí donde su pintura se empieza a definir, poblada de contrastes, como una de las más íntimas en el panorama contemporáneo en cuanto a lo procesual, pero también en cuanto a su narrativa.
Constantino Molina. Comisario
